Dormían, sin hambre, sin sed, sin nadie que los molestara. Aquel Lobo seguía sentado, sin dormir, sin descansar; al fondo pasó una sombra. Miró a sus compañeros dormidos, siguió la sombra, las nubes dieron descanso y alumbró la luna de nuevo. El lobo la observó por un instante y siguió el aroma, al fondo una hembra lo observaba con calma, un lobo solitario en su territorio. Debió gruñir, atacar, pero no lo hizo, la observó por mucho tiempo y ella se acercó unos pasos frente a su mirada, se observaron. Quiso dar un aullido, pidiéndole que se acercara, pero no lo hizo. Ella, bajo la luz de la Luna, dejó de observarlo y caminó alejándose, él la siguió unos pasos, ella corrió, él la siguió, ella corrió tranquila entre los árboles y él solo pudo seguirla hasta que una luz naranja lo detuvo, una fogata.
Ella pasó, como si no le importara, demasiado cerca, si hubieran despertado los 3 cazadores hubieran muerto. Sintió el olor, estaban cerca, demasiado cerca. Ella continuó su carrera y el lobo se mantuvo mirando el campamento, uno de los hombres se mantenía despierto, los otros 2 dormían. Siguiéndola, había entrado de nuevo al territorio que le pertenecía a su antigua manada, ese campamento no estaba en su territorio, no era su derecho atacar. Varios lobos empezaban a acercarse, los 3 cazadores estaban rodeados y ni siquiera se daban cuenta. Sería una noche larga, aquella manada tenía más de 20 lobos; demasiado para 3 escopetas, el Lobo dio vuelta y volvió a su territorio, a descansar. En la madrugada se moverían de nuevo, demasiados enemigos, pocos aliados.
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