Mirála allí, tan brillante, tan serena, tan pedante, tan quieta, tan distante. Mirála allí, a la luna, vestida de inocencia cuando en realidad es la única culpable de recordarme cada veintiocho días el delicado rostro de cada uno mis fantasmas.
Sí, mirála, mirá la luna llena y pensá en mí, porque cuando yo la veo también pienso en vos. Mirá la luna insolente que jamás tuvo el coraje de mostrarme el camino de vuelta hacia ti, ese camino que nos permitiría encontrarnos, a nosotras, unas amantes silenciadas por las circunstancias.
Es una luna insolente y ese adjetivo le calza perfecto, porque está muy lejos de llegar a ser un sol. Ella no brilla todo el tiempo, atreviéndose, sólo en las noches oscuras y poco estrelladas, a aparecer trayendo de la mano tu recuerdo, mostrándome triunfante mi fracaso. Es sólo en esas noches en las que el cielo se viste de pasado y la luna insolente me sonríe, me hace una mueca, como diciéndome que por más que la siga no las puedo alcanzar, ni a ti, ni ella.
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