Nunca me puse a contar las estrellas como aquella noche en que te conocí.
Iba por el numero veintidós cuando a mi derecha, un aire tibio con olor a suspiro, una mirada llana y unos labios como de primer beso, me interrumpieron la cuenta, y las vi a todas juntas, como una bandada de gotas de lluvia corriendo en la ventana, como miles de chispas saltando en desorden, cuando el leño arde como ardía yo.
Te creía gigante e inocente... como tu aura, y en lento transcurrir de estos acelerados años, todavía me pregunto… ¿qué hubiera de mí que te pudiera servir?
Aún no lo averiguo, pero dividiste mi humanidad y mi historia, como se dividió la humanidad de Cristo.
Trazaste una raya en el continente de mis emociones, como cuando América vio el primer marinero arrimarse a su orilla.
Le agregaste felicidad a mi voluble existencia y me inventaste un diccionario de palabras de amor.
Aprendí a decir "TE AMO” con conocimiento de causa, y diste un toquecito de hogar y chimenea a mi fuego apagado y a mi olor a humedad.
Aprendí gracias a ti, a fijarme en las partículas de polvo que proyecta el rayo de sol a través de la cortina, y si antes me molestaba, ahora le da el por qué al amanecer y al desafinado canto de los pájaros en la mañana...

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