El joven omega de la manada se paseaba siguiendo un rastro que había sentido más temprano, al llegar cerca al arroyo pudo ver el venado que tranquilo tomaba algo de agua, era un venado pequeño, pero servía, habían pasado días desde su última comida. Se preparó y con sumo cuidado se acercó a su presa, cuando esta se agachó para un nuevo sorbo de agua, el Omega de la manada arrancó con furia y atravesó la garganta del venado.
Inmediatamente, con el venado muerto, aulló con fuerza y su manada vino a su encuentro mientras él se lavaba su hocico con el arroyo. Cuando se dio vuelta para el encuentro de su manada sintió los dientes cerca a su cuello y se dio contra el piso lastimado.
Inmediatamente, con el venado muerto, aulló con fuerza y su manada vino a su encuentro mientras él se lavaba su hocico con el arroyo. Cuando se dio vuelta para el encuentro de su manada sintió los dientes cerca a su cuello y se dio contra el piso lastimado.
Un lobo blanco había atacado sin piedad al joven, atrás suyo un lobo negro y una hembra esperaban. Los tres estaban flacos y se notaba la falta de alimento. La hembra era conocida para el líder de los siete lobos; era aquella que se había lanzado contra la fogata. Los lobos frente a ellos eran los restos de su manada enemiga.
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